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	<title>Juan Carlos Rincón Ares archivos | Proyectos Luz Casanova</title>
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		<title>Mi pandemia eres tú</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Juan Carlos Rincón Ares]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 16 Feb 2021 12:40:17 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Opinión]]></category>
		<category><![CDATA[Violencia de Género]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>«Lo esencial es invisible a los ojos (*)» Viajé en horas punta en autobús y en metro con la frecuencia que permitía mi limitada economía y podía escapar de tu obsesiva vigilancia. Cuando alguien se tocaba la frente o tosía sospechosamente, me acercaba sigilosa, bajándome con disimulo la mascarilla. «¿Dónde has estado hoy?», rugías en...</p>
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<p><em>«Lo esencial es invisible a los ojos (*)»</em></p>



<p>Viajé en horas punta en autobús y en metro con la frecuencia que permitía mi limitada economía y podía escapar de tu obsesiva vigilancia. Cuando alguien se tocaba la frente o tosía sospechosamente, me acercaba sigilosa, bajándome con disimulo la mascarilla.</p>



<p> «¿Dónde has estado hoy?», rugías en cuanto llegabas. «Te llamé a las dos y a las tres y no estabas aquí, en casa». «Yo… fui… Yo…», murmuraba, segura de que la tercera cerveza comenzaría a poblar de negros nubarrones tu voz y tus ojos. «Me llamó Chari y…». «¿No sabes que hay pandemia y que no debes…? Con salir yo para mi trabajo ya nos vale a ti y a mí». «Es mi hermana, y yo…». «Mira, mejor cállate, que la vamos a tener…». </p>



<p>Esa vez tuve suerte. El punto y aparte fue una bofetada. La bronca se saldó con un empujón y tu letanía de insultos. Todavía conservaba el moratón en el ojo, recuerdo de la <em>reprimenda</em> del domingo anterior, tras el 0-3.</p>



<p>&nbsp;En cuanto supe que José y Carmen, los ancianos de abajo, tenían fiebre y parecía que…, comencé a bajar a su casa a cuidarlos. Me habían confiado una copia de sus llaves. «Pero Lolita, chiquilla, que te podemos contagiar, ya nos apañaremos… Y ponte la mascarilla y los guantes…». Y yo que no. Les hacía la comida, limpiaba la casa y los mimaba con los mismos o más besos y abrazos que les daba antes de…</p>



<p>&nbsp;Cada noche, antes de que llegaras, me tomaba la temperatura con el viejo termómetro de mercurio, el único recuerdo de mi madre que había sobrevivido a tus frecuentes tormentas. El lunes tampoco tuve suerte. Treinta y cinco y medio.</p>



<p>El miércoles, sin embargo, mi dolor de huesos era diferente. El primer café no me supo a nada, ni encontré el aroma de la naranja que mondé ilusionada. El termómetro me dio la razón. Treinta y nueve y décimas. Mi frente ardía. A pesar del dolor de cabeza, sonreí satisfecha. Ya no salí a la calle quebrantando la cuarentena ni fui a ver a nadie. No era eso.</p>



<p>&nbsp;Por la noche volvieron a llover bastos. Otra bronca en el banco. Te devolví un apasionado beso por cada bofetada. Fueron legión. No sabías qué estaba pasando. «Qué querrás tú hoy, cacho guarra, te voy a dar lo tuyo y lo de tu hermana», me dijiste, arrojándome sobre la cama. Me violaste una vez más, como a una perra. Me dejé hacer sin cesar de buscar tu boca una y otra vez.</p>



<p>&nbsp;Dos días después, ya no te pudiste levantar. Eras grupo de riego por mucho que lo negaras. El sudor perlaba tu frente, te ahogabas y apenas balbuceabas: «Llama a…, llama a… La pandemia…».</p>



<p>&nbsp; «Mi pandemia eres tú», te escupí antes de escamotearte el móvil y tomarme otros dos paracetamoles. Sonaba <em>Un ramito de violetas</em> en la radio. Sonreí dolorida. Cerré la casa con llave y llamé para vinieran a buscarme. «… Pero ponte doble mascarilla y guantes, Chari. Te espero abajo».</p>



<p><em>(*) El principito. Antoine de Saint-Exupéry</em></p>



<ul class="wp-block-list">
<li>Este relato, junto con los calificados como 20 mejores por el jurado, será publicado en un ebook que editará libros.com. Será un libro on line abierto y sin coste, una forma de expresar nuestro más absoluto rechazo a la violencia machista. </li>
</ul>



<p></p>
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