Desde sus ventanas

Desde sus ventanas…  

“Yo paso las horas mirando por mi ventana”, me cuenta María. “Veo un parque y unos bloques que construyeron en 1982, cuando mucha gente nos vinimos aquí a vivir”. María es una mujer superviviente de violencia de género que convive y cuida de su agresor, enfermo de Parkinson. 

 Según pasan las semanas volvemos a hablar de esos bloques y de sus ventanas. Susurra algo bajando el tono de voz: “Justo enfrente vive un amigo mío. Con esta situación hemos aprendido a comunicarnos a través de las ventanas. Depende de cómo esté la persiana, subida o bajada, depende si está abierta o cerrada, los dos sabemos qué queremos decir. Es nuestra forma de comunicarnos”, me dice María con esa risa nerviosa de quién revela un secreto entre la timidez y la vergüenza.  

Las dos nos echamos a reír y permanecemos un buen rato así, en la complicidad esa tan maravillosa que no necesita más explicaciones. María es una mujer muy alegre y vital. Todo el daño que le han ocasionado no ha conseguido borrar su sonrisa: ella sabe que en ocasiones es un escudo, pero ha elegido mostrarse al mundo así. 

 Las profesionales del ámbito social: trabajadoras sociales, psicólogas, educadoras… estamos acostumbradas a que las personas a quienes atendemos vengan a nuestros lugares de trabajo, pero esta situación de confinamiento nos está permitiendo relacionarnos con las mujeres que trabajamos desde otros lugares. 

Desde el pasado 13 de marzo nos hemos visto obligadas  cambiar nuestra metodología, pasando a realizar la intervención y el seguimiento por teléfono con cada una de las mujeres que acudían a los diferentes espacios, tanto de forma individual como en grupo.  

 En cada llamada nos adentramos en sus hogares, y ellas también un poco en los nuestros, esos espacios vitales dónde se desarrolla su cotidianidad, su día a día, sitios donde, en la mayoría de los casos pasan y han pasado prácticamente toda su vida. Durante estas llamadas nos situamos con ellas en el salón viendo la tele, leyendo un libro o cosiendo mascarillas. Entramos con ellas a la cocina donde están quizás preparando la comida o una tarta de cumpleaños o en su habitación. En ocasiones nos asomamos juntas a sus ventanas, esas pequeñas aperturas en la pared que durante muchos días han sido su único contacto con el mundo exterior. 

 “Desde mi ventana se ve una plaza llena de árboles, pero no es una plaza cualquiera…”, me asegura Lucía-. “Es pequeña, pero en medio tiene una fuente”. Yo la escucho atentamente y ella continúa: “Es la única plaza con fuente que hay en el Pozo». Su voz delata un orgullo «de barrio», ese orgullo de quién pertenece a un sitio y lo considera su lugar en el mundo, por pequeño o humilde que sea…  Lucía es una mujer trabajadora, humilde y luchadora, como tantas y tantas mujeres de Vallecas. 

 Cuánto aprendo de ellas, cuanta fortaleza, sabiduría y cuanto sentido del humor en mitad de todo lo que están viviendo, algunas en soledad y otras en compañía, aunque seguramente no la que ellas hubieran elegido. 

 Hasta ahora pensaba que las ventanas eran los ojos de las casas, como en esos dibujos sencillos de la infancia, la forma de ver o mirar al mundo exterior. Ahora –por la pandemia, por ese confinamiento forzoso que nos obliga al teléfono- sé que también sus ojos son lo que nos cuentan aquello que pasa en el interior de su hogar, no solo de las casas… también del corazón.    

Mª Cruz García-Heras Ambrosio
Trabajadora Social del Programa «Hazte Visible, Hazme Visible» de atención a Mujeres Mayores y Violencia de Género de la Fundación Luz Casanova

Ilustración de ©José Manuel Mata Flickr

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