¿Es la cultura realmente accesible a todo el mundo?
Tengo una editorial. Trabajo con libros todos los días. Y puedo decir —sin exagerar— que los libros me han hecho reír, llorar, pensar, viajar, olvidar. Me han acompañado, me han dado suelo, una zona de confort. También hay películas que me han marcado (aunque confieso que Bambi me traumatizó), y cuadros a los que vuelvo de manera recurrente…
Pero yo soy una privilegiada. Mis padres me contagiaron el vicio de la lectura, y para mí la cultura fue siempre algo natural, accesible, algo que estaba ahí. No tuve que reclamarla.
Y entono el mea culpa, porque solo después de más de medio siglo de existencia y de haberme topado con un artículo de opinión¹ se me ocurre preguntarme: ¿es la cultura realmente un derecho universal o un privilegio disfrazado? No lo planteo como consigna, sino como una duda honesta. Porque sí, existen bibliotecas públicas, días gratuitos en museos, funciones al aire libre… pero a la hora de la verdad eso no garantiza un acceso real, estructural o sostenido a la cultura. Mucho menos para determinados colectivos.
Pensemos, por ejemplo, en las personas en situación de sinhogarismo .
Según los últimos datos oficiales, hay cerca de 29.000 personas en esta situación en España². Estamos hablando de personas que viven en la calle, en centros asistenciales o en alojamientos temporales. Sin un lugar propio. Sin un sitio donde dejar un libro, ver una peli o escuchar música sin miedo a que se lo quiten todo.
¿Tienen todas estas personas acceso real a una buena historia, a una canción, a una obra de arte? La mayoría de las veces, no. Y no por falta de oferta cultural —que la hay—, sino porque ese acceso no se explica, no se promueve, no se acompaña. En definitiva: no se traduce en posibilidades reales.
Y sí, lo urgente va primero: techo, comida, trabajo. Pero eso no significa que no haya espacio —o necesidad— también para otras cosas. Para lo que nos hace sentir humanos. Para mirar algo bonito, pensar algo distinto, emocionarse. Para volver a uno mismo o, con suerte, salir un rato de uno mismo. ¿No va también de eso la cultura?
Se dice a menudo que acercar la cultura a este colectivo es difícil. Que no es prioritario. Que no se puede hacer de forma sostenible. Y, en el fondo, también pesa —aunque no siempre se diga en voz alta— un problema de percepción: seguimos viendo a estas personas como ajenas al mundo cultural, como si no fuera “para ellas”. Pero todo esto no debería impedirnos seguir intentándolo. Sin garantías. Sin un plan perfecto, pero con intención.
Hace un par de meses, desde Editorial Amok y Fundación Luz Casanova, organizamos una visita guiada a la Feria del Libro con un grupo de personas en situación de sinhogarismo3. Pasamos por varias casetas, hablamos con otros editores, libreros, explicamos cómo se hace un libro, cómo nace una historia. Nos acompañó Las mañanas de RNE para darle a la actividad la visibilidad que merecía. Vinieron ocho personas, cada una con su mochila vital, acompañadas por un profesional de la entidad
No voy a idealizar el resultado. Pero yo diría que, durante un rato, estas personas dejaron sus mochilas a un lado y pensaron en otras cosas. Se sintieron vistas, escuchadas, acompañadas. Se les dio un espacio para ejercitar su curiosidad, su memoria. Uno recordó lo que leía en Iraq, y otro que tenía un carné de biblioteca… y que hacía mucho que no lo usaba.
Esta experiencia me ha llevado a pensar en el mucho camino que queda por recorrer. Hace falta más imaginación, más colaboración. Y más ambición, también. Soñar a lo grande, que dicen por ahí.
¿Y si cada mes las librerías organizaran lecturas en voz alta, talleres de fanzines o encuentros accesibles con autores? ¿Y si los museos reservaran una tarde específica para colectivos que normalmente se quedan fuera del circuito cultural4? ¿Y si los teatros, las salas de conciertos o eventos culturales ofrecieran un porcentaje de aforo simbólico para ellos, sin burocracia? ¿Y si las empresas se implicaran desde sus departamentos de Responsabilidad Social Corporativa, cubriendo costes de actividades culturales y animando a su plantilla a participar?
¿Y si la cultura fuera también un gesto de hospitalidad?
Porque si la cultura no es realmente accesible para todas las personas, entonces no es cultura. Es escaparate.
Desde donde estamos —quienes editamos, publicamos o simplemente tenemos algún tipo de altavoz cultural— quizá deberíamos hacernos esta pregunta más a menudo.
Y empujar hacia una cultura más abierta. Más compartida. Más justa.
No debería ser tan complicado… si es que todo es empezar. Y como decía Luz Casanova: que por mí no quede.
Notas al pie
¹ “La cultura no es de todos”. El País Cultura, 17 de marzo de 2025.
https://elpais.com/cultura/2025/03/17/la-realidad-desmiente-a-la-constitucion-la-cultura-en-espana-no-es-de-todos.html
² Instituto Nacional de Estadística (INE). Encuesta sobre las personas sin hogar 2022.
3 Más detalles en el post de Instagram de Editorial Amok (junio 2025).
4 Fundación BBK – Gertu Kultura Bizkaia. Red cultural que reserva un mínimo del 2 % de aforo en más de 20 espacios para colectivos vulnerables.
https://salabbk.bbk.eus/nace-gertu-kultura
Paula LLamas, coordinadora de voluntariado de la Fundación Luz Casanova y editora/co-fundadora Amok Ediciones.
