#AtréveteAMirar | Sin igualdad no hay justicia social
La exclusión residencial también tiene rostro de mujer.
Hoy, muchas mujeres viven en situación de sinhogarismo, aunque no necesariamente en la calle. No duermen a la intemperie, pero tampoco tienen un hogar. Residen en habitaciones sobreocupadas, pensiones inseguras, casas de conocidos o refugios donde no se sienten protegidas. Muchas huyen de la violencia y acaban expuestas a nuevas formas de abuso, dependencia o explotación.
No las vemos, pero están. No se esconden por gusto, sino por miedo y necesidad. La calle no es segura para ellas. Mantenerlas en la invisibilidad también es una forma de violencia.
Tampoco acceden a los recursos para personas sin hogar, porque la mayoría no están pensados para ellas: son espacios mixtos, sin privacidad, donde en muchas ocasiones son revictimizadas; lugares sin flexibilidad para mujeres con hijas o hijos, y donde sigue pendiente una atención especializada frente a las violencias machistas.
Necesitan espacios seguros. Sin espacios seguros, no hay hogar posible.
Como ellas mismas expresan, lo que necesitan es poder ejercer sus derechos y cumplir sus deberes sin sufrir maltrato; un sitio donde puedan ser ellas mismas y ser felices sin miedo a lo que pueda pasar mañana; un cobijo que las resguarde del frío y de la violencia; un lugar tranquilo donde nadie las maltrate.
No basta con ofrecer una cama: hay que garantizar su seguridad y su dignidad.
Desde hace tiempo reclamamos la importancia de incorporar una mirada de género, de derechos humanos y de interseccionalidad que permita cambiar el foco.
Queremos que tengan intimidad, confianza y protección; que cada vez seamos más profesionales acompañando sin juicios ni condiciones, y que los recursos se adapten realmente a sus necesidades (también a las de la maternidad).
Tienen voz, pero no siempre les dejamos usar los micrófonos. Y cuando no se incorpora su voz, se perpetúa el abandono.
Este año, desde diferentes entidades y profesionales, hemos puesto el esfuerzo en que sus voces sean escuchadas, y en que cada vez más personas comprendan las realidades que viven las mujeres en situación de sinhogarismo.
