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De hambre, cumbres y sistemas

Recientemente se ha celebrado en la ONU la Cumbre sobre los Sistemas Alimentarios. Se trataba, en teoría, de cómo transformar esos sistemas, de manera que sea posible acabar con el hambre en el mundo y hacer posible una mejor vida para las personas y para el planeta.

De acuerdo a organismos de la ONU, hay en el mundo 811 millones de hambrientos y otros 2.300 millones (el 30% de la población) que no tiene acceso a una alimentación adecuada. Oxfam estima que seis millones de personas mueren al año de hambre (16.000 al día). La producción de alimentos ha aumentado en un 300% desde hace 60 años… y el hambre aumenta. Es claro que no es por falta de alimentos, sino por su injusta distribución.

La Cumbre ha hablado de garantizar dietas saludables para todos y el acceso de todos los niños a un menú escolar saludable en 2030 (solo la mitad de los niños de entre seis meses y dos años se alimentan adecuadamente). La multimillonaria Melinda French Gates anunció la donación de 785 millones de euros para ese propósito en los próximos cinco años.

No parece que el hambre en el mundo vaya a resolverse llevando algo de comida a quienes se encuentran en pobreza extrema. Tampoco se resuelve con aquello de “no le des el pescado, enséñale a pescar”. Muchos pobres saben pescar muy bien, pero el fruto de su pesca se lo apropia alguien que los explota. Es lo que les ocurre, por ejemplo, a los casi 2,5 millones de españoles (el 14.8% de los trabajadores) a quienes su empleo no permite salir de la pobreza.

Mientras tanto, unos 2.500 millones de toneladas de alimentos (el 40% de la producción mundial) se van cada año al basurero. De ellos, unos 1.200 millones de toneladas se pierden en la fase de producción. El resto, 1300 millones de toneladas, se desperdicia en los hogares (61%), los servicios de alimentos o restaurantes (26%) y en los comercios (13%). Con esos alimentos desperdiciados podría alimentarse siete veces a todas las personas que pasan hambre en el planeta.

Curiosamente, el mayor desperdicio en la fase agrícola (el 58%) ocurre en los países de ingresos altos y medios de Europa, América del Norte y países industrializados, donde se desechan alimentos sanos por motivos estéticos y por su apariencia (tamaño, color, rayitas o manchitas en la piel…).

La ONU calcula que se necesitarían cada año 228.000 millones de euros para acabar con el hambre en 2030. Paradójicamente, sólo en la citada fase agrícola de desperdician cada año 316.000 millones.

Por otra parte, las 10 personas más ricas del mundo incrementaron su riqueza en 353.000 millones de euros en 2020, según la revista especializada Forbes. Es casi el doble de lo que necesitan 2.300 millones de personas para no tener que ir a la cama sin comer o, peor aún, para morir de hambre.

Hablamos de una desigualdad que es consecuencia del sistema económico, social y político predomina en el mundo (léase el capitalismo), que genera grandes riquezas para unos pocos y grandes pobrezas para muchos.

El sistema alimentario se basa en la explotación intensiva y extensiva de los recursos naturales (tierra, agua…), con tecnología muy especializada y grandes inversiones, que permite producir grandes cantidades de alimentos con un buen ratio coste-beneficio. Es un sistema que coloca el beneficio económico sobre las personas y su derecho a la alimentación. Está diseñado para el lucro de los grandes inversores, que especulan con los precios de los alimentos, de las empresas transnacionales que controlan los mercados, y de las grandes compañías energéticas que producen y procesan productos agrícolas para la elaboración de biocombustibles. Al mismo tiempo, han provocado una dramática pérdida de la biodiversidad, uno de los principales problemas del cambio climático.

En ese sistema no cuentan los pequeños productores familiares, que se han empobrecido progresivamente; y sin embargo son ellos los que, en pequeñas explotaciones menores de dos hectáreas producen más del 30% de los alimentos que se consumen a nivel mundial, y hasta el 80% en África o Asia.

Acabar con el hambre pasa por erradicar la pobreza, y ello no será posible sin acabar con las grandes desigualdades que propicia el sistema. Junto a las desigualdades, también las guerras son causa del hambre. De hecho, en 2020 llevaron a la pobreza a 100 millones de personas.

Frente al drama del hambre no es suficiente la simple tecnificación de la producción, con el uso de inteligencia artificial, modificaciones genéticas y otras tecnologías de punta. Esas medidas solo benefician a la decena de grandes empresas multinacionales que controlan la cadena alimentaria: semillas, fertilizantes, plaguicidas, procesamiento, distribución, etc.

Es preocupante que en las Cumbres de la Alimentación, donde se adoptan las líneas que deben seguir las políticas públicas de los países, tengan cada vez más peso las grandes multinacionales (Unilever, Bayer, Nestlé, Coca Cola, Pepsico, Google, Amazon, Microsoft…), que obviamente buscan garantizar sus beneficios en el futuro.

Los sistemas alimentarios deben asumir la perspectiva de los derechos humanos. Deben dar el protagonismo a los pequeños agricultores, que deben recibir precios justos por sus productos y salarios dignos; y a las mujeres, que representan el mayor porcentaje de agricultoras pero que no reciben ningún apoyo; y a los indígenas, poseedores de sabios conocimientos sobre el uso de la tierra, las semillas y el agua, que tienen mucho que aportar en un sistema alimentario respetuoso con el medio ambiente y que requieren de apoyo financiero y técnico; y a los pequeños y medianos granjeros rurales, que practican la agroecología y la sostenibilidad…

Por ahí, quizá, podamos avanzar hacia un nuevo sistema alimentario global, donde los seres humanos estén en el centro de las prioridades.

Waldo Fernandez Ramos

Waldo Fernandez Ramos
Observador de la realidad con ojo crítico