La edad. Ahora me valoro

La edad

La edad, cumplir años, tiene ventajas innegables. Al menos a mí me lo parece. La urgencia suele ser menor para casi todo (siempre habrá alguien en desacuerdo, claro). Te concedes algo más de espacio para reflexionar, y casi siempre viene dado porque lo que vas acumulando: son más y más acontecimientos, más y más experiencias y situaciones que en la juventud ni te las planteabas. En estos tiempos de redes sociales y de millares de fotos con frases de autoayuda con las que nos bombardeamos diariamente, me he dado cuenta de que todo estaba ya aquí. Me he dado cuenta de que el Nuevo Testamento (y también el Antiguo) tan denostados últimamente por quien no sabe ni de lo que van, acumulan tanta sabiduría para la vida que sólo alguien muy anciano puede valorarlo en su justa medida. No se entienden muchas cosas si no las has vivido, o experimentado, en carne propia o cercana.

Yo, por ejemplo, he entendido por primera vez algunos pasajes. Entenderlos de verdad. En el episodio del Juicio del Rey Salomón, por ejemplo, siempre me he quedado en el “qué hábil Salomón, qué tipo tan listo, que bien ha resuelto el caso”. Y también en el “qué tipeja tan mala, la falsa madre, fastídiate, que te han pillado”. Ahora, sin embargo, valoro más al auténtico personaje principal de ese cuento. A la madre que cede a su hijo sin pensárselo un segundo a alguien que no es ella; que lo regala, pensando sólo en su bien. Por primera vez valoro que lo que Salomón midió no era un supuesto acto reflejo de desprendimiento, sino el pozo de sufrimiento infinito que esa mujer estaba dispuesta a soportar a cambio de la vida de su niño, aunque él nunca se enterase.  Ahora valoro ese amor.

Me pasa igual con la parábola del Hijo Pródigo.  Nunca entendí al padre. Mi postura era la del hermano que se queja y que le dice “¿no he trabajado yo para ti todos estos años? ¿Por qué haces esta fiesta para este que se fue, dilapidando lo que le diste?”. Mi pensamiento siempre era: “Tiene toda la razón. Vaya padre tan flojo, y qué desagradecido con el hijo bueno. Hará lo mismo en cuanto se den la vuelta”. Ahora, ya era hora, entiendo lo que la parábola dice. Veo la razón de la felicidad por haber recuperado a quien no era malo, solo pasó por un mal momento y que, al despertar, regresa a casa. Vivir el momento presente, el del reencuentro, sin pensar en pasado o en futuro. Ahora valoro el aquí y ahora.

Y quizás el descubrimiento más importante. Uno que puedo haber repetido millones de veces de forma mecánica a lo largo de mi existencia. “Amarás a Dios sobre todas las cosas y al prójimo, como a ti mismo”. Siempre me he quedado en el amor a Dios y al prójimo, pero lo que dice Jesús es “…como a ti mismo”. O sea, primero te quieres a ti mismo, y luego al otro lo quieres igual. Pero primero tú, porque sin amor por el templo que eres, no hay amor para el otro. Fascinante. Ahora me valoro.

Creo haber aprendido por fin tres enseñanzas importantísimas, que siempre habían estado aquí.

Belén Martín
Abogada de profesión y escritora por devoción.
Feminista «hasta el infinito y más allá»;
optimista, espiritual y soñadora.

Belén Martín

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