la voluntaria

Laura, la voluntaria 

Hay personas que, cuando te encuentras con ellas, se corre un riesgo grande. Emanan tal entusiasmo, tanta ilusión, que el peligro consiste en que te contagie. Y la consecuencia es que tu vida puede cambiar, en caso de que tengas un mínimo de sensibilidad.

Cuento esto porque el otro día tuve uno de esos encuentros y no estoy seguro de que vaya a salir indemne. Se llama Laura. Es voluntaria de Cáritas. Tomamos un café juntos y me estuvo hablando del proyecto en concreto en el que participa.

La historia es sencilla. Es maestra en un colegio público. Y, a la vez, buena persona y creyente consecuente con su fe. En el colegio público donde trabaja vio que había una necesidad urgente: muchos niños, la mayoría, son hijos de inmigrantes. Y ahí empiezan los problemas. Problemas de idioma, porque a veces madres y padres no se expresan bien en español y, siendo así, ¿cómo van a ayudar a sus hijos con los deberes? Problemas familiares, porque las familias inmigrantes están sometidas a muchísimas tensiones que a veces rompen la convivencia. Problemas culturales porque están en un nuevo mundo que a veces no comprenden del todo. Hasta simples problemas de horario porque los inmigrantes recién llegados se ven obligados a trabajar todas las horas del día y no tienen mucho tiempo para estar con sus hijos.

Problemas, problemas, problemas. Laura pensó que no se podía quedar con los brazos cruzados y que lo que había que hacer era buscar soluciones. Y pensó y propuso algo. Ese algo no es la solución definitiva, por supuesto, pero puede ayudar a da un paso hacia la solución de esos problemas.

Planteó en Caritas y en el mismo colegio donde trabajaba si se podían ofrecer unas clases de apoyo para aquellos niños que tanto lo necesitaban. El plan era sencillo: clases de apoyo con merienda incluida. Era la forma de asegurarse que muchos de esos niños tuvieran una merienda-cena que no era seguro que la fueran a tener en su casa.

Son clases de apoyo acompañadas de escucha, de atención personal, de estar con ellos y derrochar un poco de cariño. Los niños y niñas son de diversas lenguas, orígenes y religiones. Pero da lo mismo: todos son acogidos por igual. A todos se les ayuda. Y, al final, viene la relación con los padres. Se habla también con ellos, se les ayuda, se les escucha. Todo un trabajo que lo hacen voluntariamente Laura y algunos otros a los que Laura, con su entusiasmo ha logrado echar el lazo.

Laura me hizo pensar que este mundo no es tan malo. Que hay esperanza porque hay mucha buena gente, capaz de echar unas horas para ayudar a unos niños y niñas sin pedir nada a cambio. En Caritas y en tantas otras organizaciones que desinteresadamente agrupan a buena gente voluntaria que, cuando ve problemas, trata de aportar su granito de arena para encontrar vías de solución.

Termino. Laura me dijo que alguno de esos niños a los que ha ayudado en estos años ya está en la Universidad. Me lo decía con una sonrisa que me iluminó la tarde y unos cuantos días más. Y me animó a intentar hacer algo.

Fernando Torres Pérez, Misionero claretiano.
La vida me ha ido llevando por lugares varios,
siempre tratando de ver la luz que se esconde en la oscuridad.
Y voy descubriendo que hay mucha luz, aunque sea al final del túnel.

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