¿Qué puedo hacer por mi país?

“No preguntes qué puede hacer tu país por ti”

El día 20 de enero de 1961, el presidente de los Estados Unidos de América, John F. Kennedy, dijo en su discurso de investidura una de esas frases que justifican por sí solas el sueldo del redactor de discursos de presidentes. Dijo “No pienses qué puede hacer tu país por ti. Piensa qué puedes hacer tú por tú país”. Dos años después, en 1963, alguien, quizás tomándose al pie de la letra la frase, debió de pensar que lo mejor que podía hacer en su caso era dispararle varios tiros, en pleno desfile, pero eso ya es harina de otro costal.

Eran tiempos en los que quienes gobernaban y dirigían, o arengaban a las masas, tenían otro empaque, otro saber estar. Fue el año en el que el reverendo Martin Luther King también dijo que tenía un sueño. Un sueño de unión y de fortaleza. También acabó mal. Puede que la honestidad y la valía, el empuje por querer mejorar las cosas para todos estuviera tan mal visto entonces como ahora.

Me estoy yendo. Pretendía centrarme en la frase de Kennedy, y en parte también en la de Luther King. Vivimos tiempos de ombliguismo máximo, en lo que todo nos ofende, en la que nos creemos el centro del universo y nos pensamos con derecho a todo, sin deber alguno. No puede generalizarse, eso está claro. Pero me apena pensar que un discurso como aquel hoy no le sonaría a nada a la mayoría de la gente. ¿Qué es un país, al fin y al cabo? Ya puedo escuchar a algunos “A mí mi país no me representa”, y bobadas así. Un país es la suma de sus individuos, ni más ni menos. El nuestro y todos los demás. El Estado es el conjunto de su población, en el que unos sostienen a otros, tejiendo una red que cuanto más sólida, más segura, más cómoda y más perdurable. Mirar para otro lado cuando el bien general está siendo atacado no está bien. No hacer nada cuando el tejido empresarial se destruye no está bien. Jalear, o no actuar, ante grupos de enmascarados que destruyen los bienes de otros, que tanto les costó conseguir, o enlodan la reputación de una ciudad o una nación entera de forma que ya nadie invierta en ella y no crea puestos de trabajo, no está bien. Porque ni la tela más fuerte aguanta demasiado tiempo tanto roto, y la red se rompe, el agujero se hace más grande y por ahí caemos todos. Los que no quieren mancharse las manos, también. Y no les va a valer con echar la culpa a otro. ¿Qué podemos hacer nosotros? Algo podremos.

Belén Martín
Abogada de profesión y escritora por devoción.
Feminista «hasta el infinito y más allá»;
optimista, espiritual y soñadora.