Sin derechos humanos no hay justicia social
Hace nada más y nada menos que 76 años se aprobó un día como hoy, el 10 de diciembre, la Declaración Universal de los Derechos Humanos de Naciones Unidas, que propone como tema a reivindicar en el día de su celebración, este año 2024: Nuestros derechos, nuestro futuro ¡Ya!.
El 10 de diciembre es un día memorable en tanto en cuanto permite visibilizar la importancia de tener una perspectiva de derechos humanos en todo lo que hacemos. Ocurre quizás como otros días, los derechos humanos deben incorporarse los 365 días del año, y no olvidar que quienes tenemos delante cuando realizamos cualquier tipo de acompañamiento son como tú y como yo. Las diferencias radican principalmente en las desigualdades a la hora de la accesibilidad a los derechos y la ausencia de medidas que protegen los suyos frente a los tuyos o los míos.
Incorporar la mirada de los derechos humanos abre ventanas que posteriormente no se pueden cerrar, como cuando nos ponemos las gafas moradas. Por eso quiero compartir parte de lo que implica esto contigo, que me estás leyendo. Quizás, en algún momento de duda, en el que los discursos públicos y/o políticos traten de calar en tu pensamiento con mensajes desigualitarios te acuerdes de esta publicación.
Hecho la vista atrás y soy consciente de cómo en mi trayectoria de vida he alzado la bandera de los derechos humanos en aquello en lo que he formado parte. Tuve la suerte de tener muy claro la importancia de éstos desde pequeña y ser consciente de cómo las opresiones que he podido tener a lo largo de mi vida son muy diferenciales de las de muchas de las mujeres con y para las que he trabajado. El acceso y la garantía de derechos no es la misma para todas las personas.
Hablar de derechos humanos implica irremediablemente hablar de interseccionalidad, y entender, que las opresiones que vivimos unas y otras personas no son las mismas. No es lo mismo nacer en el Estado español que en Palestina, nacer mujer u hombre, tener una identidad sexual “normativa” o no tenerla, ser jóven o mayor, racializada o no. Hablo desde los “privilegios” de vivir en un sistema en el que a pesar de haber vivido opresiones por ser y leerme mujer; muchos otros ejes de desigualdad no me han tocado. Quizás eso ha hecho que pueda dedicarme a poner en valor los derechos de otras personas, pero tengo la certeza de seguir continuando en el camino de igualar la balanza para que los derechos de unas personas no se entiendan más importantes que los de otras.
LuZiérnagas, del que soy parte, también alza la bandera de los derechos humanos en su quehacer diario desde el comienzo en 2021. Es esencia y transversal a cualquiera de las actuaciones que realizamos, y en parte, es el motivo que me anima a seguir remando para que las mujeres puedan ser Luz en la oscuridad a la que son sometidas.
El sinhogarismo no es una cuestión de falta de recursos o un mal social. Tampoco lo son las violencias a las que nos vemos expuestas las mujeres por el mero hecho de ser mujeres. Es la señal que nos debe alertar sobre cómo la protección de los derechos humanos fracasa para aquellas personas más vulnerables. Las características que realmente comparten las mujeres con las que trabajamos (en situación de sinhogarismo y con vivencias de violencias machistas) son la privación de derechos de diferente índole y la falta de dignidad inherente a todas las personas. Y en el caso del colectivo de mujeres, hay que añadir como elemento común, la invisibilidad de sus vivencias. Pensar en otro tipo de características en común sería reduccionista, además de contribuir mediante prejuicios o estereotipos a fomentar acciones de desigualdad.
El lema de este 10 de diciembre “Nuestros derechos, nuestro futuro ¡Ya!” me hace reflexionar sobre lo siguiente: ¿de qué forma tenemos que acompañar para que las mujeres con las que trabajamos lo hagan suyo?. No es baladí. La mayoría de las mujeres que se acercan a Luziérnagas “agradecen” cuando, de alguna forma como profesionales, facilitamos el acceso o alzamos la voz para que tengan el mismo acceso a determinados derechos como la salud, la vivienda o la integridad. Nosotras devolvemos esa mirada tan necesaria de derechos, porque el sistema, que les violenta y oprime, en ocasiones trasmite la idea de que les está «haciendo un favor»; y, sin embargo, dista muy lejos de la realidad. Son sus derechos, y de la posibilidad de acceso y garantía de estos depende, en gran parte, su futuro. Acompañar implica irremediablemente ver a la persona desde su globalidad; entender las opresiones que vive desde su mirada, y tratar de ver la manera en la que revertir los impactos que las desigualdades y las vulneraciones de derechos humanos que han vivido tienen sobre ellas. Si tú, que me lees, comprendes esas vulneraciones y las reconoces desde una perspectiva de derechos, contribuyes a que puedan hacer suyo el lema “Nuestro derechos, nuestro futuro, ¡Ya!”.
